De niña al acostarme…

De niña al acostarme
cerraba los ojos
y dudaba de los latidos de mi corazón.
Con la mano,
sujetaba el espacio imaginario de mi pecho
y le rogaba en silencio
que no se parase.

Creía que ese músculo de arterias y de venas
pensaba de otro modo,
que me podía dejar sola,
abandonarme
y decidir de un modo malicioso
apagar sus latidos.

Y así todas las noches
acariciaba mi pecho diminuto
y entre sollozos le pedía
que me dejase vivir un día más.

ANA MERINO

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